En esta semana se fueron Miquel Poblet, Sarita Montiel y Margaret Thatcher. Hoy mismo ha muerto, José Luis Sampedro, un tipo genial que pergeñó una obra de arte: La sonrisa etrusca.
Salvatore Roncone, un viejo campesino calabrés, llega a casa de su hijo en Milán para someterse a una revisión médica. Allí descubre a Bruno, su nieto, y también a Hortensia, una mujer que llenará de luz los últimos días de su vida.
Esta es una conversación con ella:
Ella ofrece su mejilla como cuando él le llevó las rosas y él se quita el sombrero y la besa en las dos. Cuando se aleja, después de verla entrar, se lleva consigo una suavidad en los labios, un roce de cabellos en su frente, un sereno perfil en su memoria.
El tipo no es uno más y el libro tampoco podía serlo. Aunque nunca nos hemos referido a aquel primer encuentro, hoy se me ha venido a la cabeza. Fue a finales de los noventa, llegó con una recomendación y me llamó la atención de quién era. Me habló de Enrique Escande, un periodista genial de Efe, quien habia sido su maestro en la escuela DeporTEA; me llamó la atencion su sencillez y me dolió no poder ofrecerle una oportunidad en Efe porque sabía que hubiera encajado perfectamente.
La vida y el periodismo le han dado otras oportunidades y él siempre las ha aprovechado. Vitalista y constante, Ramiro Martín Llanos ha ido cerrando etapas profesionales de la misma manera que se abría otras y ahora estrena libro y a lo grande.
No es “Messi, un genio en la escuela del fútbol” un libro más, un texto trufado de otros textos, un compendio de batallitas contadas con más o menos gracias del futbolista más grande de la historia. Estamos ante un libro bien pensado y mejor estructurado, una apuesta por el rigor y la anécdota, bien escrito y que servirá de referencia para las obras futuras que seguro se escribirán sobre Leo Messi.
Cuando una tarde de febrero nos citamos para hablar de 'Messi, un genio...', a Ramiro le brillaban los ojos. Me interesó el proceso de elaboración y la metodología de trabajo, por qué así y de no otra manera, cuánto tiempo empleó en trabajar sobre el terreno y cómo solventó el miedo a enfrentarse al momento culminante: darle forma a toda aquella ingente información y enfrentarse a la pantalla en blanco de su Mac.
Y el resultado es un excelente ejercicio. Prologado por Ezequiel Fernández Moores -que nadie se pierda su columna semanal en Canchallena, Martín nos traza el camino de Leo, desde Rosario a Barcelona, y la impronta que ha dejado el Barça, sus entrenadores y el espíritu de La Masia en el juego del futbolista. En otro plano, también intuimos el largo viaje que realizó Felipito desde ese potrero en Ituzaingó...
Lider fútbolístico del equipo, Messi tenía que ser quien lanzara las faltas directas. Maradona descubrió que Leo chutaba la pelota con un disparo demasiado seco y que ésta no cogía el efecto necesario. “No saques tan rápido el pie del balón, porque ella no sabe donde estás diciéndole que vaya. Deja ir un poco más el pie”. Era una cuestión de información. La evolución de Leo Messi como lanzador de faltas es una muestra de su capacidad de superación. A diferencia de Maradona, un elegido para esta práctica, el rosarino perfeccionó el disparo hasta convertirse en un consumado lanzador.
En tiempos difíciles, tendría que volver la solidaridad. Bancos de tiempos, trueques... Buscar soluciones globales a problemas particulares y como decía el Capità Enciam partir siempre de la premisa: "Los pequeños cambios son poderosos". Me he encontrado con la historia y quería compartirla. Este tipo de cosas, pequeñas, ayudan a mejorarnos como personas. La idea la divulgó Luciano de Crescenzo en su libro: "Un caffè sospeso".
Existe una hermosa tradición en el barrio napolitano de la Salud. Cuando alguien se siente feliz por alguna razón, entra en un bar, pide un café y paga dos. El segundo lo deja pagado para otro cliente, es lo que se conoce como el 'caffè suspeso', el café pendiente. Después alguien, sin dinero para permitirse ni un café, llegaba al bar, y preguntaba si habia algún café pendiente. Siempre lo había. Un pequeño y poderoso detalle de solidaridad.
Es el periodismo de suposiciones. Sospechas que se transforman en supuestas realidades, realidades que generan ruido, el ruido degenera en opinión, la opinión en descrédito y el descrédito acaba con todos, especialmente con la credibilidad de los periodistas. No sé si Messi esperó a Arbeloa para llamarle 'bobo' y que además lo hiciera delante de la mujer de éste, lo cual sería una falta de educación añadida. Tampoco estaba allí para certificar si le llamó a Karanka "muñeco de Mourinho". No lo sé, pero parece que mucha gente sí y que su credibilidad está por encima de todo. Recuerdo que a Gerard Piqué lo han señalado unas cuantas veces por sus excesos verbales en el túnel de vestuarios, como a Pepe o a Sergio Ramos. Ruido, suposiciones, filtraciones interesadas. La realidad se demuestra a partir de pruebas. Hasta ahora lo único que sabemos es que Mourinho esperó a Teixeira Vitienes, después de un partido Barcelona-Real Madrid en el párking del Camp Nou. Aquella noche un fotógrafo plasmó el momento. No hubo denuncias ni sanciones, a pesar de la evidente intencionalidad del entrenador del Real Madrid. Viendo la secuencia me viene a la cabeza una microhistoria del maestro Cortázar:
Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.
Contar buenas historias y escribirlas bien. Tan simple y tan complicado a la vez. Así es "La vida de un escritor", la autobiografía de Gay Talese, que en realidad es un compendio de reportajes que adornan los 60 años de su carrera profesional, vivida en la frontera entre el periodismo y la literatura, unos límites que se encuentran cada vez más alejados.
Hechos noticiosos como relatos breves. Escritura profunda y sin pausas, en las antípodas de donde nos encontramos en la actualidad. En un mundo de periodistas virtuales, que se asoman al mundo a través de las ventanas de 'twitter' o de qué les cuentan, Talese reivindica el papel del periodismo de calle, de la observación de la realidad. "Sin pisar la calle no te enteras de nada", recuerda el hijo de un humilde sastre italiano que llegó a lo más alto y fue una de las grandes figuras del New York Times, el New Yorker o el Esquire.
El secreto de Talese es que nos muestra el plato -el resultado final: la novela-, pero sobre todo cómo cocinarlo. Su vida es la de un país y el de una época, un salto hacia adelante y hacia atrás en el tiempo en un libro de estructura circular y cuyo nexo es la historia de una perdedora, una futbolista china que es la única que falla en la tanda de penaltis de la final de un Mundial.
La historia de su familia, sus primeras crónicas de béisbol en un diario local, la fascinación por los cuellos almidonados, los buenos trajes -herencia de su padre sastre que vestía a algunos de los mafiosos sicilianos de Nueva York-, o por un edificio maldito donde fracasan todos los restaurantes que allí se instalan.
Pero hay más. Ilustra la moral sexual de sus compatriotas a través del caso de Lorena Bobbit -una mujer que castró a su abusador marido- y analiza los derechos civiles por medio una manifestación en Alabama en los años sesenta.
Talese es el espejo en el que todos los periodistas querrían mirarse, un ejemplo de otro tiempo y de otro lugar, un maestro de un oficio que parece perdido y del que dentro de poco solo nos quedaran vagas referencias.
La música zíngara de Goran Bregovic, los versos de Wislawa Szymborska, la vida, la muerte, la familia, el fútbol, la enfermedad, en suma, el universo de Albert Espinosa. Sorprende 'Els nostres tigres beuen llet' desde el título hasta su puesta en escena. Deja boquiabierto al espectador ese minicampo de fútbol con el que te hace sentir envidia desde que se alza el telón, en una obra en la que Espinosa nos muestra sus filias y sus fobias.
Detalles cuidados al milímetro y múltiples guiños como los que le regala constantemente al gran Antonio Mercero, quien ha inspirado a Espinosa desde sus inicios y al que aquí ha personificado en la figura de Andreu Benito, el hilo conductor de la historia.
No en vano, Espinosa es un discípulo de la emoción que impregnó Mercero a toda su obra, un tipo tan genial que llegó a ambientar un partido de fútbol al ritmo de un minueto de Bocherini, lo mismo que intenta aquí el dramaturgo catalán con la música de Bregovic y su frenético partido de fútbol.
En 'Els nostres tigres beuen llet' hay muchas historias en una. Una historia de amor, una lección de vida, un homenaje al cine y un juego de equívocos.
Durante los cien minutos, prácticamente lo que puede durar un partido de fútbol, el humor y el dolor lo impregnan todo, como la música y la voz de Óscar Blanco que llena de calidez la escena o ese grupo de prometedores actores (Carlos Cuevas, Jaume Madaula, Mikel Iglesias, Daniel Sicart y Albert Baró) que dan vida a los cinco hermanos.
Como si de una alegoría se tratara, uno de los personajes se pregunta "cuánto tiene que sufrir una persona para demostrar que es valiente". La respuesta la obtenemos al final del partido jugado con la banda sonora de una película de Kusturica y los versos de Szymborska:
Somos muy amables el uno con el otro,
decimos que es bonito encontrarse después de tantos años.
Nuestros tigres beben leche.
Nuestros azores van a pie.
Nuestros tiburones se ahogan en el agua.
Nuestros lobos bostezan ante una jaula vacía.
Nuestras víboras se han sacudido los relámpagos,
los monos la inspiración, los pavos reales las plumas.
¡Cuánto hace que dejaron nuestro pelo los murciélagos!
Callamos sin terminar la frase,
sonriendo sin remedio.
Nuestras personas no saben cómo hablarse.....
Y mientras tanto, Espinosa se imagina emulando a Mercero, quien a a diario pedía consejo a un cuadro gigante de John Ford que colgaba en su salón y recordaba sus películas y los clásicos del cine, como hoy en 'El nostres tigres'.
Por mucho que intente disfrazar la historia, en 'Cerdos y gallinas' Carlos Quílez dispone de la excusa perfecta para revelarse contra el 'establishment' y mostrar en cada línea su 'mala leche' existencial, esa que la ha llevado a vivir en 2012 en una tormenta y de la que parece presto a superar. Como periodista, Quílez fabula sobre la realidad que conoce. Crea un personaje, Patricia Bucana, que es su 'alter ego' y mueve sus fichas en un dominó en el que los jugadores son trileros y que en el fondo todo es un juego de policías y ladrones, donde el seis doble es la corrupción que rodea al falso oasis catalán. En 'Cerdos y gallinas' recrea dos casos de corrupción policial, el vinculado al cierre de los prostíbulos Saratoga y Riviera y al robo de 400 kilos de cocaína de un contenedor del puerto de Barcelona, así como el asalto mortal a un furgón blindado en unos multicines de Terrassa. Como novelista, ofrece continuos guiños a su realidad. Como en otras novelas, incluye escenarios de su Montcada y vuelve a compartir ese catálogo de bares en los que suele regalarse la vida. La trama es compleja y el lector puede perderse entre la ensalada de siglas y cuerpos policiales, aunque para que ello no ocurra, Quílez utiliza el recurso del texto periodístico para resituar la acción cuantas veces sea necesario. 'Cerdos y gallinas' es una novela triste en la que se dibuja los caminos laberínticos que unen a los poderes fácticos y sus conexiones con los medios de comunicación, una historia escrita en medio del tsunami que le supuso al propio autor estar imputado por aceptar un regalo de una motocicleta por parte un supuesto narco y confidente dentro de una compleja trama de corrupcion policial instruida por un juez de Barcelona. La audiencia archivó aquel caso, aunque tildó de reprochable la actitud de Quilez. Esa imputación y otras cuestiones más trascendentales rodearon la redacción de la novela, escrita con mala ostia y en la que es fácil reconocer a muchos de los personajes que rodearon su vida periodística. Historias de la vida, las que muchos desconocen, pero que están aquí al lado. Seguramente la novela más directa de Quílez:
- Verás: dicen que un cerdo y una gallina quedaron un día para comer huevos fritos con chorizo.... - ¿Y? - Pues que la gallina colaboró... Pero el cerdo...se implicó. Todas las cualidades de Elsa o del sargento Lladó, todo aquello que los hace especiales, no se encuentra (al menos no solo) en su talento profesional, sino en la lealtad y en el compromiso. Los cerdos escasean. Los cerdos dan y no esperan nada a cambio, y son en los que se puede confiar.
Los escritores son famosos por descubrir cosas que los distraigan de su trabajo.
Recordé una historia sobre un colega del Times de nombre Meyer Berger, quien después de quejarse de manera interminable ante su esposa por su incapacidad para terminar un artículo para una revista, la oyó decir una mañana que lo iba a dejar solo en el apartamento por el resto del día y que cerraría la puerta con llave al salir y se llevaría también la llave de él. La esposa le dijo que cuando regresara, en la tarde o al anochecer, esperaba que hubiese terminado su artículo y agregó que no tenía nada más que pensar, pues ella ya se había ocupado de todas las tareas domésticas; había lavado los platos del desayuno, le había preparado el almuerzo y había limpiado el apartamento; hasta las ventanas habían sido lavadas, de lo que se había encargado un día antes una compañía especializada. Ocho horas después, cuando la esposa regresó, encontró a su marido sonriente y aparentemente complacido de tenerla en casa. Sin embargo, descubrió que aunque no había escrito ni una página, todas las piezas de plata que tenían estaban organizadas en la mesita auxiliar o en el aparador, relucientes y recién pulidas.