
Todos los días pueden ser iguales. Te da la impresión de que en cada hora de cada día, cada semana de cada mes y en todos los del año, la luz se te escapa de entre las manos. Amanece nublado y el sol nunca acaba de desperezarse, ni un atisbo de luz con el que alegrar el corazón que late cada vez con menos intensidad.
Ha sido 2012 un tobogán de emociones, una espiral que cada vez complicaba más la situación, el ánimo y las ganas de salir adelante, hasta que en los últimos meses apareció el sol y empezamos a ver la vida en colores.
Y con todo ello hemos aprendido. Ahora podemos valorar mucho más a quienes tenemos al lado, puedes sentirte muy próximo, abrir los ojos y comprobar que al otro lado se encuentra aquella mirada que hasta hace poco estaba perdida.
Resulta complicado valorar lo que tienes hasta que no lo pierdes. Rotundo y cierto. Todo se puede complicar en un segundo y rehacer el camino te llevará tanto tiempo y tanto dolor, que a veces no estás seguro de tener el suficiente valor ni si el regreso es por la senda correcta.
Pero el final siempre vale la pena, porque creces con la adversidad y te haces más fuerte. Apostado junto a la ventana de la cocina de casa, recuerdo lo vivido y ahora me siento bien. Vuelvo a leer la frase escrita en esa pizarra que nos ha servido de inspiración durante estos últimos diez meses: "Al final todo sale bien y si no sale bien es que aún no es el final".
Es una máxima que nos sorprendió cuando vimos 'El exótico hotel Marigold' y nos la hemos quedado para siempre. Era un resquicio de esperanza y nos aferramos a ella, era un punto de partida y ahora sabemos que es una manera de entender la vida. Principio y final, el nuestro ha sido feliz y no voy a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí, a pesar de haber vivido el año más duro de los que recuerdo.
El amable recepcionista del hotel Marigold recuerda a sus huéspedes que la vida es "como una ola" que te derriba si te resistes, pero si te zambulles en ella, siempre te lleva a otro lado. Contemplo la pizarra y me siento como él.
Albert Einstein nos recordaba que hay dos formas de ver la vida: "una es creer que no existen los milagros, la otra es creer que todo es un milagro". Y así es.
Durante la cena de Nochebuena, nos dimos cuenta de que todo lo habíamos hecho bien. Es una buena manera de acabar con todo y de empezar de nuevo.
Ahora imagino el futuro como una postal de Alessandro Baricco. Vas caminando cerca de la orilla y tus huellas, precisas y ordenadas, se sellan en la arena y al día siguiente sabes que no queda nada:
"El mar borra por la noche. La marea esconde. Es como si no hubiera pasado nunca nadie. Es como si no hubiéramos existido nunca. Si hay un lugar en el mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí. Ya no es tierra, todavía no es mar. No es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta".
Y así quiero que sea a partir de mañana.
Antonia Font - S'alegria des Conill
La foto es mía, pertenece a esta galería de Flickr




