La Coctelera

Categoría: relato

18 Julio 2009

Las casualidades forman parte de nuestras vidas. El tópico revela que la realidad supera a la ficción, pero al final siempre la ficción acaba siendo la realidad, como este relato de Andrés Neuman.
Cuando alguien me pregunta porqué 'Margaritas Caprichosas', les explico que fue el título de un relato de juventud que empezaba, más o menos así: "Las margaritas siempre tienen razón. Cuando las deshojas, siempre aciertan, esperan tu pregunta y al final te responden: me quiere, no me quiere".
Neuman, del que no había leído nunca nada antes, construye bajo esta premisa y, claro, no podía dejar escapar la oportunidad. La ilustración es de César Fernández Arias.

Un minuto después, Margarita regresa con su bolso y se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar qué busca, ella se aparta. No me quiere. Mi vida, me advierte, ten cuidado con los cristales del suelo. Me quiere. Saca un revólver del bolso, un revólver con el cañón muy grueso. ¡No me quiere! Me acaricia una mejilla. Me quiere. Desde mi refugio debajo de la mesa, la veo alejarse de nuevo y avanzar agachada hacia la ventana rota. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida y fina. Me quiere. Se pone en pie de un salto, saca un brazo por la ventana y dispara varias veces. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se acerca a mí, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado, cariño, ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios: huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha de mi casa apretando ese bolso que nunca sé qué esconde. No me quiere. Antes de abrir la puerta y salir tan veloz que parece de viento, se vuelve un instante para guiñarme un ojo verde. Me quiere. No me dice cuándo me llamará ni dónde nos veremos otra vez. Definitivamente, pienso yo, Margarita no me quiere.

El relato completo aquí.

25 Junio 2009

A algunos los vio nacer, a otros los conoció en sus primeras semanas de vida.

A todas las vio crecer, con muchos compartió los buenos momentos, esos que te hacen sentir vivo; y también los malos, las pérdidas o las separaciones, esos que te unen para siempre.

Una amistad cimentada entre el frío cemento de aquel patio, donde pasaban los cursos y las estaciones del año a la velocidad de la luz. De eso hace mucho o parece que haya pasado tanto tiempo, porque ya no son los mismos.

A su paso te hacen invisible, muchos son incapaces de mirarte a los ojos, parece que esconden muchos secretos y no lo acabas de entender. Ni respeto ni confianza. Secretos, secretos banales, secretos triviales. No pueden ser tan importantes. Parecen desconocer que antes otros también habían tenido esos secretos o más importantes, seguro que más importantes, en una sociedad más cerrada y unos padres nada permisivos.

Yo los quiero recuperar. No quiero ser invisible. Quiero que me besen, que me cuenten. Quiero ver sus sonrisas y no sus cabezas gachas, los ojos entornados, pero me temo que es tarde. La foto es de Jemonbe

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6 Enero 2009

Ay de mi -se dijo el ratón-. El mundo se me vuelve cada día más angosto. A lo primero era tan vasto que me daba miedo; yo corría a todas partes, siempre adelante, y me sentí dichoso, al ver, por fin, lejanos muros a derecha e izquierda; mas he aquí que estos muros se me vienen cerrando tan rápidamente el uno contra el otro, que me veo ya en la última estancia, y ahí, en el rincón, está la trampa en la que voy a caer.
No tienes más que volverte -dijo el gato-. Y se lo comió.

Franz Kafka. Pequeña fábula.

La foto está extraída de Triste y Azul. y es de © Xavi Bertral.

Post: 1308.
5 de 2009.

13 Octubre 2008

Un minuto, un euro

Quiero ser como mi peluquero, un tipo que cobra -más o menos- un euro por minuto de trabajo y observa desde su bata blanca y entre lacas, lociones y secadores la temperatura del mundo. Cobra, como decía, un euro por minuto y además conoce la vida de éste y de aquel, si ha aumentado tu densidad de canas o de caspa e incluso se permite el lujo de informarte, maquinilla en ristre, sobre las variaciones del Ibex o del último chisme que se cuece en los mentideros del barrio.
Ahora que lo pienso, empiezo a comprender porqué cada minuto de su tiempo en la barbería tiene ese valor, porque de otra manera no se entendería que ejerciera de psicólogo, de cronista, de sociólogo o de analista financiero por menos. Por cierto, es un lujo con las tijeras en la mano.

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