No es que hubiera dudas, pero si algún 'culé' pensaba que la relación entre Joan Laporta y Sandro Rosell era reconducible, después de lo dicho por el presidente barcelonista durante la entrega de la 'Clau de Barcelona', sólo queda poner día y hora al adiós de uno de los constructores del Barça campeón.

Laporta: "Hay que dejar las decisiones en manos de los técnicos, que son los que saben. Tenemos que dejar de lado personalismos. Si uno sólo piensa en sí mismo genera desestabilización. Hay que dejar al Barça tranquilo"

Agasajado por los que le odiaban, adulado por todos, tan mediático como el mejor de sus jugadores, Laporta se siente muy fuerte. Sabe que después de haber sacado del pozo al Barça, él ya tiene un sitio en la historia del club, pero olvida que sin la ayuda de Rosell, el Barcelona no estaría así. El ex-Nikeman es, ante todo, un hombre de fútbol, que vive por y para el fútbol, conocedor como pocos del mercado, un pope con una agenda de oro y unos contactos desde Alaska hasta la isla de Moreton.

Sin Rosell, por ejemplo, Ronaldinho vestiría una camiseta blanca con la publicidad de una marca de móviles en la pechera y sin Ronaldinho, ya se sabe, la historia hubiera sido otro. Sin Rosell, otro ejemplo, Deco viviría en Londres, vestiría una camiseta azul y hablaría en portugués como su entrenador....

Ahora el discurso de Laporta es sencillo. Habla de que hay que dejar trabajar a los técnicos, cuando la temporada pasada, mientras desde el palco se tuvo demasiada ascendencia sobre el entrenador (desde septiembre de 2004 a enero de 2005), las cosas fueron fatal. Laporta entonces tenía dos posibiliades: jugársela y dar plenos poderes a un entrenador sin ningún pedigrí o hacer caso a Rosell, destituir al técnico y fichar a Scolari.

Todo el mundo sabe cómo acabó la historia. Laporta acertó en seguir apostando por Rijkaard y el entrenador acabó por enterarse quienes eran sus amigos y sus enemigos en la junta.

Rosell sabe que la historia es para los ganadores y que tiene las de perder. Por eso, un día de estos pondrá punto y final a su etapa barcelonista. En el seno de la junta habrá funcionado el rodillo laportista y todos los disidentes tendrán que comulgar con ruedas de molino o irse. Rosell y los suyos optarán por lo segundo.

Mientras tanto, Laporta sigue recibiendo premios y el presidente del Barça se equiparará a Carmen Thyssen o a Manuel Pertegaz, quienes también recibirán 'la clau de Barcelona'. Rosell se lo mira todo en la distancia y sabe que su marcha creará el primer problema serio al laportismo, su adiós es inevitable, dará pocas explicaciones, el resto las deja para el libro que está escribiendo y que próximamente verá la luz.