Reconozco que soy un polvorilla, un culo de mal asiento, que no puedo estarme quieto, que necesito actividad, pero desde que estoy en Canadá, me agobia ese complejo del día de la marmota. No es que todos los días sean iguales, porque no lo son, pero sí esos horarios que te obligan a estar todo el día pendiente de mil cosas sin tener margen de maniobra.
Me agobia levantarme a la misma hora, poner la televisión y, lamentablemente, ver las mismas noticias en diferentes escenarios (Londres, Bagdad, Sharm-el-Cheik). Me agota desayunar siempre lo mismo (no me gustan los 'scrambled eggs' a esas horas) y en la misma mesa, porque los humanos tenemos la costumbre de reservarnos siempre la misma mesa en el restaurante.
Me disgusta no saber qué ponerme de ropa. Llueve y hace fresquito, cinco minutos después sale el sol y te achicharras. Así que mi garganta ya se resiente e incluso tengo una conjuntivitis, algo que en mi vida me había ocurrido.
En el metro, los mismos músicos tocan las mismas piezas en lugares que parecen reservados por el ayuntamiento de Montreal, y hasta la espera en los transbordos me parece que dura lo mismo.
Necesito quemar endorfinas, no tengo tiempo para montarme en la bici ni para nadar un poco y eso me agobia. Al menos, el tiempo se pasa volando. Ya han empezado las pruebas de natación, Michael ha estado empanado el primer día, pero me ha dicho que no me preocupe, que ganará unas cuantas medallas, porque, como yo, también tiene ganas de irse de vacaciones.