Joan Laporta ha perdido el norte desde hace unos cuantos meses. En su tiempo en la oposición siempre se había quejado del protagonismo del presidente de turno (Núñez y Gaspart) y siempre tenía razón, pero ahora no sé qué le pasa, o le asesoran mal o no le asesoran. Lo cierto es que se cree el sumo hacedor del barcelonismo, está por encima del bien y del mal y con sus actuaciones, aunque le pese, se está pareciendo cada vez más a aquellos a los que criticó con razón desde "Elefant Blau".
Para que nadie puede tacharme de antilaportista, que no lo soy, ofreceré un par de detalles de los últimos días. Laporta, el presidente de la transparencia informativa absoluta, aquel que había prometido "levantar las alfombras" en cuanto aterrizara en las oficinas de Arístides Maillol, ha tenido que llegar a un acuerdo extrajudicial con Josep Colomer, el despedido director del fútbol base, amigo de Sandro Rosell.
A Colomer le han impuesto una cláusula de confidencialidad para que no se pueda desvelar la cantidad que percibirá para deshacer el entuerto. Cobrará una de las dos temporadas que le quedaban y podrá dedicarse a lo quiera. Todo porque era amigo de Rosell, porque en el año que estuvo al frente del fútbol base, los chavales consiguieron magníficos resultados.
Tampoco Laporta estuvo nada acertado cuando aceptó someterse en el CAR de Sant Cugat a las preguntas de los estudiantes, alguno de ellos aleccionados por los periodistas que estaban en la sala.
Llegó a decir que la cesión de Saviola al Sevilla se había producido para evitar el cierre del Camp Nou. ¿Cómo se puede decir algo así? Ni aún siendo cierto puedes ofrecer ese razonamiento y más después del "pollo" que se montó en Barcelona por el interés del Espanyol en Saviola.
Suerte que rectificó en el asunto de l'Estatut y al final la pancarta, que por cierto pasó muy desaparecibida, no la exhibieron los jugadores como inicialmente se pretendía.