Tenía ganas de reflexionar sobre las declaraciones del teniente general Mena, el salvador de la patria que el día de Reyes advirtió de "las graves consecuencias que tanto para las fuerzas armadas como institución como para las personas que las integran podría conllevar la aprobación del Estatuto de Cataluña en los términos que está planteado".
Con estas manifestaciones se demuestra qué poco han aprendido los militares, esos que sable en ristre se erigen en los baluartes de la defensa de "la unidad de España" y de otras martingalas por el estilo.
Parece que hayamos vuelto al pasado, al ruido de sable de siempre, y que los poseedores de estrellas en el pecho se las otorguen más por sus conocimientos en el derecho constitucional que por sus condiciones castrenses.
!Basta ya! ¿Quién es este Mena, al que mantenemos todos, para poner en duda el deseo expresado por los españoles en las urnas? Los militares siempre se han sentido superiores, se han creído un escalón por encima del resto y parece que no han digerido bien tener un papel secundario en el vodevil de la pandereta.
Los militares se deben al Gobierno de turno, no tienen capacidad para tomar decisiones de esta índole, por eso resulta cuanto menos curiosas las declaraciones de Mena, quien se atrevió a transmitir "un mensaje de tranquilidad, no exenta de inquietante preocupación".
Y todo a causa del Estatut, ese oscuro objeto de deseo, no sólo por parte de los catalanes, sino también de gallegos y valencianos, porque resulta cómico que después de criticar por activa y por pasiva "el nazionalismo" catalán ahora el PP de Galicia se apunte a la moda y pide, como ya hizo el PP de Valencia, que las citadas comunidades tengan "las mismas competencias que logre Cataluña".
Y es que en el país del "café para todos" está mal visto tener iniciativas, pero no tanto apuntarse a la lista. ¡Faltaría más!