El disfraz más divertido que recuerdo fue aquel de Picachu. Fue impactante el grupo de diferentes edades con aquel mono amarillo, la cara pintada de ese mismo color y unos redondos mofletes colorados. Me viene a la cabeza la inmensidad de Ernest, un tipo que es capaz de memorizar la estadística completa de un partido de baloncesto, embutido en aquel cuerpo amarillo o cómo Xavi se las ingenió para que sus gafas transparentes se integrarán en el disfraz.
De cuando nos convertimos en una bolsa de caramelos, recuerdo las sesiones de coreografía. Caramelos de todos los gustos en movimiento, música brasileña, muchas horas invertidas y un trabajo resultón.
La última vez nos convertimos en una baraja de cartas, de naipes del juego del Uno que por aquel entonces llenaba muchas horas de nuestros rorros, justo hasta que tuvieron edad para los móviles, los mp3, las gameboy, las DS...
Los niños han crecido y desde hace unos febreros, los disfraces los vemos desde la barrera. La excusa oficial, entonces, fue la falta de tiempo para prepararnos, pero en realidad nos enfriamos por una cuestión anímica. La cabeza estaba en otro sitio y la tradición ya no la recuperaremos nunca más.