El Barca-Madrid de esta noche, el clásico número 200, es el mundo al revés. Históricamente, el Barcelona ha llegado a estos partidos con el agua al cuello y pensando que una victoria ante el gran enemigo podría servir para consolar los corazones de sus seguidores ante la inevitable realidad de que ese año tampoco se iba a conseguir ningún titulo. Ese papel lo interpreta ahora el Real Madrid, que está obligado a dar lo mejor de sí mismo, no porque le queden opciones ligueras, sino por aquello de salvar la honra ante el equipo de moda del fútbol mundial.
Me da miedo este partido. Puede marcar un punto de inflexión, no porque haya mucho en juego, sino porque puede determinar la suerte del equipo de Rijkaard esta temporada, especialmente en Europa. Después de dos empates (sin goles en Málaga y en Lisboa) consecutivos, el Barcelona necesita dejarse ese lastre cuanto antes mejor y el partido de esta noche le ofrece la mejor oportunidad.
Si el Barca da lo mejor de sí mismo y consigue una victoria convincente, los biorritmos del equipo se dispararán y ya todos los culés pueden soñar con lo más grande. Si por el contrario, al equipo le entran las dudas y le puede la tibieza, la confianza se puede ir deteriorando a tan sólo tres días del partido de vuelta ante el Benfica.