Como estamos tan bien acostumbrados con las comidas, sufrimos cuando tenemos que viajar a según qué países. Es el caso de Alemania, el paradigma de un país con una magnífica materia prima, pero sin la guinda del pastel: el aceite.
Las verduras son magníficas. Mucha variedad y de primera clase. Disfruté con los espárragos, unos espárragos blancos de palmo, aprovechables desde el tallo hasta la punta. También las fresas de temporada eran de una calidad muy buena.
Todos los restaurantes disponían de un plato del día. Unos 9 euros de media (café y cervezas a parte), pero eran platos de la gastronomía local, mucho Spatzle, codillo, brócoli, remolacha y en las ensaladas una destructora salsa 'césar' que acaba con cualquier matiz.
Las cervezas son las mejores del mundo. La cultura de la cerveza es envidiable. En cualquier bareto saben tirar la cerveza a la perfección, la miman y el resultado es espectacular. El precio también (a partir de 2 euros los 0,3 cl, más de tres euros el medio litro), pero vale la pena.
Al final, en el caso de problemas, acabas recurriendo a la cocina internacional. Muchos restaurantes italianos, griegos, mucho 'kebab' y también ensaladas de patata y sopas varias.
Lo que no me ha gustado ha sido la calidad de los hoteles, siempre una estrella por debajo de lo que estamos acostumbrados aquí. Total para garantizarse unos mínimos, había que recurrir a hoteles de cuatro estrellas, equivalentes a los de tres de aquí. Al menos, en el precio de la habitación, los alemanes incluyen también el desayuno, algo que no ocurrió en el anterior mundial en Japón, donde había desayunos que se cotizaban a 30 euros y la empresa no los quiso abonar con lo que se creó un grave problema doméstico.