Muy recomendable la lectura del reportaje que hoy publica el EPS sobre los 50 años de Televisión Española. Un texto recordatorio y la visión personal de Pablo Carbonell, José Corbacho, Paz Padilla, El Gran Wyoming y Nico Abad.

El un, dos, tres; Heidi, Los payasos de la tele, los Chiripitiflaúticos (el tío Aquiles, el capitán Tan y Valentina, Locomotoro, Valentina y los hermanos Malasombra), La casa de la pradera, Verano Azul, La bola de cristal, Uri Geller con Iñigo, La cabina, Martes y Trece, Félix Rodríguez de la Fuente, ¿Quién sabe dónde?, Historias para no dormir, Starsky y Hutch, Falcon Crest... Tantos y tantos días pegado al televisor, tantas emociones, tantas decepciones...

Del reportaje me quedo con la visión que tiene de la jugada José Corbacho, un monstruo televisivo.

El ‘zapping’ de mi vida has sido tú

Por José Corbacho

Cuando recuerdo que uno de los peores momentos de mi infancia fue perderme el último capítulo de El Virginiano (si no sabes de qué serie hablo, es que eres más joven que yo), debo asumir que la televisión ha formado, forma y formará una parte importante de mi vida. Lo de menos fue estar encerrado en el cuarto de baño con tan sólo seis años. No me importaba que mi madre me hubiera castigado por tirar un bocadillo de queso por el patio de luces. Pero no ver el desenlace de mi serie favorita era como si hoy me obligaran a perderme el final de Perdidos o los cuartos de final del Mundial con la derrota de la selección española (de fútbol, of course).

Recuerdo que ese día lloré. Pero la verdad es que también lloré cuando Mary Ingells se quedó ciega en el incendio de La Casa de la Pradera, cuando Clara se levantó de su silla de ruedas ante una estupefacta Heidi o cuando Richard Channing se enteró de que era hijo de Angela Channing en Falcon Crest.

Hubo otros días en los que reí. Cuando Fofó decía: “¿Cómo están ustedes?”. Yo gritaba: “Bieeeeeeeeeeen”. Le debo muchos buenos momentos a Los payasos de la tele, con los que me identificaba a la hora de hacerle la puñeta al señor Chinarro, y gracias a ellos me salté clases, incluso cuando iba a segundo de BUP.

Y hubo días que también aluciné, como cuando mi hermana y yo le jodimos a mi madre media docena de cucharillas de café intentando emular a un tipo que se llamaba Uri Geller.

Me gustaba la tele, me gusta e intuyo que me gustará hasta que me muera. Con ella, al contrario que con tus padres, con tus hermanos, con tus amigos (incluso los mejores) o con tus parejas (incluso las peores) nunca discutes. Nunca te falla, siempre está ahí.

Y eso que cuando yo era niño no existía el zapping. Primero, porque mis padres decidían qué se veía. Segundo, porque la ausencia del mando a distancia te obligaba a levantarte para cambiar de canal. Y tercero, y definitivo, si lo hacías, sólo podías pasar de la Primera a la UHF (La 2 de mi época).

Pero llegó el mando a distancia, y mi vida se transformó. Incluso más que cuando un tipo con tricornio y cara de cabrón, de cuyo nombre no quiero acordarme, gritó un 23-F “¡Al suelo todo el mundo!” en el Congreso de los Diputados, o cuando murió Chanquete, en Verano azul.

¡El mando a distancia! ¡Qué gran invento! ¿Qué electrodoméstico te permite cambiar con un solo botón de un capítulo de Mujeres desesperadas al linchamiento de la Pantoja en el Tomate? Sería como si el microondas te permitiera pasar de un plato de Ferran Adrià a una lata de comida para perros.

Otros mundos. Otras vidas. Lo que siempre quise vivir cuando me dediqué a ser actor. Vidas maravillosas, como las que vivía de niño viendo los programas de Félix Rodríguez de la Fuente, o vidas de mierda, como cuando veo Gran Hermano. (Lo siento Mercedes, es lo que hay).

La televisión me transportaba. Yo era Koji Kabuto e iba dentro de Mazinger Z (Koji Corbacho no suena tan mal), yo buscaba a mi madre de los Apeninos a los Andes como Marco, yo era TJ y me subía al tejado cuando lo decía el teniente en Los hombres de Harrelson, yo era Starsky (con la chaqueta de lana igualita a la de la serie que me hizo mi madre), yo era JR, yo era Benny Hill, yo era Don Cicuta, yo era Esteso… Y todavía me sigue transportando: soy bizcochito en Ally Mac Beal, soy Rosa López, soy Nate en A dos metros bajo tierra, soy Bart Simpson, soy Boris Izaguirre, soy Tony Soprano…

Todo ello, sólo dándole a un botón. Sólo moviendo un dedo. Un esfuerzo mínimo para un gran premio o un enorme castigo. Y también, un solo botón te separa de la felicidad absoluta. Se llama off y se usa para apagar la televisión. Pruébenlo. A veces es muy necesario.

Disfruta el mando mientras lo tienes. Porque cuando vives con tus padres o cuando vives con tus hijos, ya puedes ir olvidándote de él. Por ejemplo, ahora mi mando lo tiene mi hijo. Él zapea y, a cambio, me ayuda a desarrollar una habilidad que ya no recordaba. La habilidad de poder ver 200 veces seguidas la película Cars o el último episodio de Los Lunnis.

Supongo que por todo esto, y algo más que seguramente olvido, o quiero olvidar, me encanta la televisión. Me inspira y me influye. Y eso que tengo un objeción que hacerle… Esa objeción se llama: la tele-realidad, o los realitys, que diría una prima mía que vive en Connecticut. Porque, señores, para realidad ya tengo la mía. No necesito la realidad de gente encerrada en una casa; de famosos bailando, patinando o sobreviviendo en una isla; de gente contando sus miserias en un plató de televisón, de sorpresas patéticas, de reporteros persiguiendo a famosos hasta agobiarlos, de famosos pegando a reporteros, de hermanos calvos peleándose, de muertos a los que resucitan para cubrirlos de porquería, de ex concursantes que saben algo de todo, de los informativos de sucesos, de…

Es una objeción algo grande, lo reconozco. Y personal. Habrá gente que piense lo contrario, tal vez tú, pero esta vez me ha tocado a mí escribir y a ti leer. Aunque te doy gracias por llegar hasta aquí. Porque si te suena algún programa de los que he citado o también estuviste enamorado de María Luisa Seco, sabrás de qué te hablo. ¡Salud y zapping!

Reportaje completo en el EPS