Nunca me han gustado las personas sin compromiso, aquellas que no creen en lo que hacen y que se sienten obligadas continuamente a cubrir el expediente. A fin de cuentas, deben pensar, es a lo que nos han obligado desde pequeños en la escuela y hasta que nos incorporamos a la vida laboral. A eso voy.
Voy a escribir sobre los becarios. Lo sé, es un terreno pantanoso, pero tengo conocimiento de causa, porque yo también fui uno de los últimos de la fila, de esos que no tenía ni un sólo fin de semana libre en todo el año.
Hay muchas y honrosas excepciones, pero en general, ellos desconocen las puertas que se les pueden estar abriendo, se sienten infrautilizados, esclavizados y en ocasiones recurren al recurso fácil y se justifican con su exigua hoja de salario, en comparación con las prebendas de los todopoderosos redactores.
Demasiadas veces anteponen los horarios cuando de lo que se trata es dar lo mejor de sí mismos y se muestran resabiados cuando sólo el tiempo les dará la perspectiva para conocer si están o no en el lugar que les pertoca.
Durante la pasada Eurocopa, un periodista con más bagaje y más responsabilidad en su medio que yo, compartía estas mismas sensaciones. Me comentó, a modo de anécdota, que en su redacción apareció hace unos meses un becario que venía con la más alta recomendación.
Quería cubrir informaciones deportivas y se le ofreció la posibilidad de estrenarse, ese mismo día, en una rueda de prensa convocada a las 13,30 en el Camp Nou. "Imposible, a esa hora, suelo almorzar", le dijo el becario al redactor jefe, quien dio por acabadas las prácticas de aquel aspirante.
En EFE, he visto becarios de todos los perfiles y últimamente me preocupa la inercia con la que trabajan. Las becas de la Fundación La Caixa y la Agencia son una gran posibilidad -un año en una oficina en España, otro en una delegación en el extranjero-, pero muchos de ellos pierden el tren a las primeras de cambio.
A veces no les gusta el ambiente de trabajo, otros culpan al delegado de turno, en algunos casos se sienten infravalorados, otros consideran que no vale la pena estar tan lejos de casa y por eso de un plumazo acaban con sus ilusiones en Johannesburgo, París o México.
Echan por la borda una oportunidad única, que seguramente valorarán con el paso del tiempo. Sólo como justificación vale exponer la nómina, el sentirse infrautilizado o la soledad a miles de kilómetros de casa, lo importante es el compromiso y el sentirse partícipe de algo, porque todo lo demás son excusas de mal pagador.
Al final quienes confían en sí mismos, son los que acaban por salir adelante por muy complicado que parezca todo al principio y ahora mismo en Nueva York, en Washington, en Delhi, en Pekín y en otros muchos sitios ya saben muy bien de su valía.

La viñeta es, obviamente, de Forges.