Quiero ser como mi peluquero, un tipo que cobra -más o menos- un euro por minuto de trabajo y observa desde su bata blanca y entre lacas, lociones y secadores la temperatura del mundo. Cobra, como decía, un euro por minuto y además conoce la vida de éste y de aquel, si ha aumentado tu densidad de canas o de caspa e incluso se permite el lujo de informarte, maquinilla en ristre, sobre las variaciones del Ibex o del último chisme que se cuece en los mentideros del barrio.
Ahora que lo pienso, empiezo a comprender porqué cada minuto de su tiempo en la barbería tiene ese valor, porque de otra manera no se entendería que ejerciera de psicólogo, de cronista, de sociólogo o de analista financiero por menos. Por cierto, es un lujo con las tijeras en la mano.