Es una Pippi Långstrump moderna, vale, con un ramalazo psicótico, con piercings, tatuajes y un galopante síndrome de Asperger, pero es que ¿alguien no intuía que Pippi iba a acabar así?. Es Lisbeth Salander, la última heroina. Olvídense de Lara Croft y sus formas, porque hasta en eso la Salander ha salido ganando, apuesten por las neuronas de Lisbeth, por esa peculiar manera de resolver los problemas.
Una semana justa me ha durado "La chica que soñaba con un cerilla y un bidón de gasolina", una novela con un plus de adicción superior al ofrecido por "Los hombres que no amaban a las mujeres". Siete días en los que me he sumergido en el pasado de Lisbeth Salander, protagonista absoluta de esta segunda entrega, como Mikael Blomkvist lo fue en la primera.
Construída de manera inteligente, Stieg Larsson deja muchos cabos sueltos a lo largo de las 749 páginas del libro para atarlos poco a poco y con maestría, urdiendo una trama en la que acabas absolutamente atrapado.
En "La chica...", Lisbeth Salander empieza a disfrutar de las ventajas que le reportan las cuentas de Hans-Erik Wennerstrom, gracias a su habilidad como hacker, y acabar por enfrentarse con su pasado.
Larsson deja para la tercera y última entrega de Millennium una lista de deberes pendientes, una lista en la que a nadie le gustaría estar...

Irene Nasser escucha esta canción (pag. 679) mientras conduce su Toyota Corolla.

PS: No sé si podré esperar hasta junio para leer: "La reina en el palacio de las corrientes de aire". No quiero pensar que no habrá más libros de Stieg Larsson.

En la foto Noomi Rapace, Lisbeth Salander en el cine.

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17 de 2009.