12 ocasiones por ninguna del rival, dos penaltis escamoteados, un gol legal anulado, dos tarjetas amarillas a jugadores propios en únicamente seis faltas cometidas en 90 minutos, una actuación estelar del portero rival. Nadie puede creerse que al final el resultado haya sido solo un 0-1. Menos mal que el Barça iba a ser campeón por decreto. De fútbol, no hablamos.