Allí estaba Iniesta, esperando el balón al borde del área, sabiendo donde la iba a colocar. Un gol para la historia, para la sexta final de la historia del Barça, después de un partido agónico, que al Barça se le puso de espaldas desde el minuto 9.
Fue el empate y el pase a la final, la justicia para quien había jugado al fútbol, para quien la había buscado. Por una vez, no ganó la racanería, se impuso el fútbol a un equipo que en dos partidos jugó a defenderse, a un equipo temeroso y que se colgó del travesaño aún con el rival jugando con diez.
Y después el espectáculo de los jugadores y del entrenador del Chelsea, que se sentirán robados. No recuerdan lo ocurrido en el partido de ida, con el arbitraje de Starks, tampoco aquel arbitraje de Collina, en la temporada 2004-05, cuando Carvalho agarró a valdés y Terry marcó el 4-2, cuando su equipo estaba virtualmente eliminado.
Me alegro por el Barça y por el fútbol. La sexta final de la historia, el partido que todos queríamos: un Manchester United-Barça, la final soñada, aunque los azulgrana llegarán sin Alves, Abidal ni Márquez, con una defensa de circunstancias.
Me he acordado de Bakero y de aquel gol de Kaiserlautern; me he recordado de Wembley, y de aquel gol de Koeman; y de Saint Dennis y el tanto de Belletti, pero también de Valdés y sus paradas, de las que hizo en Saint Dennis y de las que ha hecho hoy...
Allí estaba Iniesta, el tipo que no se tiñe el pelo ni luce tatuajes, para disparar con toda su alma y llevar a su equipo a Roma. Lo ha dicho Pep, Andrés nunca la mete, pero hoy la puso en la escuadra. Gracias.