A algunos los vio nacer, a otros los conoció en sus primeras semanas de vida.

A todas las vio crecer, con muchos compartió los buenos momentos, esos que te hacen sentir vivo; y también los malos, las pérdidas o las separaciones, esos que te unen para siempre.

Una amistad cimentada entre el frío cemento de aquel patio, donde pasaban los cursos y las estaciones del año a la velocidad de la luz. De eso hace mucho o parece que haya pasado tanto tiempo, porque ya no son los mismos.

A su paso te hacen invisible, muchos son incapaces de mirarte a los ojos, parece que esconden muchos secretos y no lo acabas de entender. Ni respeto ni confianza. Secretos, secretos banales, secretos triviales. No pueden ser tan importantes. Parecen desconocer que antes otros también habían tenido esos secretos o más importantes, seguro que más importantes, en una sociedad más cerrada y unos padres nada permisivos.

Yo los quiero recuperar. No quiero ser invisible. Quiero que me besen, que me cuenten. Quiero ver sus sonrisas y no sus cabezas gachas, los ojos entornados, pero me temo que es tarde. La foto es de Jemonbe

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