Nos hemos acostumbrado a ganar. Los más viejos del lugar no reconocen a su equipo, los más jóvenes son esos que lloran en las grandes ocasiones, como ocurrió el día del Inter. La realidad es que este tipo de fútbol emociona, esos jugadores hacen que te sientas orgullosos y hoy han levantado la voz, cansados del villarato, de que menosprecien su trabajo, hartos de portadas y videoblogs infantiloides y de editoriales visionarias.
Sé que hoy he visto al mejor Barça de la historia. Lograr 99 puntos sobre 114 es una barbaridad, conseguirlo cuando el rival te aprieta hasta llevarte al límite, es una prueba de una calidad infinita.
En un día de vino y rosas, todos se acordaron de Joan Laporta, el presidente caído, el dirigente que modernizó el Barça, pero confundió las formas. Llegan nuevos tiempos, pero existe una base tan sólida, que el Barça tiene mucho espacio para recorrer, ahora que se siente valorado, seguramente más fuera que dentro.
Llega la hora de la despedida de Laporta y haría bien el presidente en dar un paso hacia atrás. Ya no hace falta que señale a ningún delfín con el dedo, el barcelonismo es soberano y suficientemente inteligente para saber cómo continuar en la senda de la victoria.
Mientras tanto esperaremos escuchar nuevamente el "Benvolguts a l'estadi". Para entonces habrá un nuevo presidente, seguramente también Cesc y Villa y emociones renovadas con el objetivo cada vez más complicado de igualar lo conseguido en la temporada pasada.