Dice que ha sido una tormenta en un vaso de agua, como matar mosquitos a cañonazos. Fernando Sánchez Dragó es de esos tipos que llevan al máximo extremo uno de las máximas de los manuales de márketing: "lo importante es que hablen de mí, aunque sea mal".
Sánchez Drago, un superdotado que es capaz de reconocer a un ignorante sólo mirando qué periódico tiene bajo el brazo, sigue sobrevolando por la vida. Provocando y recordando, porque poco puede aportar, más allá de los supuestos escándalos vividos en 1967 con unas lolitas que "no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda. Tendrían unos 13 años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse..."
Ahí es donde le falla el subconsciente y donde en el fondo su ideario se acerca al de Torrente, quien en 'El brazo tonto de la Ley', daba en el clavo: "la culpa es de los padres, que las visten como putas", decía.
Sánchez Dragó vive de la provocación, faceta en la que se acerca a otros grandes bufones como Albert Boadella (con quien se ha juntado en ese libro) o como Ivan Tubau, otro de los que sobrevuelan por encima de la mediocridad de la vida y que van dando lecciones, aunque todavía no sabemos de qué.
A Sánchez Dragó y a tantos otros, la vida los ha puesto en su sitio. Tendrán que cambiar la máxima de "que hablen aunque sea mal", por otra de Óscar Wilde que le viene más al pelo: "Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti".
En el fondo, repasando la trayectoria de Sánchez Drago no tendría que sorprender que él echara la culpa de todo este revuelo a "la maledicencia, la hipocresía, el sectarismo y el sensacionalismo en torno a una nimiedad", porque en el fondo lo que busca es notoriedad.
Letrado como es, seguro que a Sánchez Dragó lo que le interesa son los preceptos de Anil Dash: "En realidad no eres nadie hasta que aparece alguien que te odia sin ninguna buena razón aparente".