El Hospital de Objetos Rotos está situado en la Quinta Avenida, en Park Slope. Flanqueado por una lavandería automática y una tienda de ropa de tiempos pasados, es un pequeño establecimiento comercial dedicado a la reparación de objetos de una época a punto de desaparecer de la faz de la tierra: máquinas de escribir manuales, plumas estilográficas, relojes mecánicos, radios de válvulas, tocadiscos, juguetes de cuerda, máquinas de chicles de bola y teléfonos de disco.

Paul Auster (Sunset Park)


Una Olivetti Lettera y sus correspondientes tiras de tippex. Una pesada Montblanc, un Duward, una Emerson, el plato Vieta, el payaso que golpea el tambor, las esferas masticables de colores y el teléfono rojo del doctor Strangelove
.

Un universo imaginable de colores vivos. Sonidos inconfundibles, el tac-tac de las teclas, el irreproducible garabateo de la pluma, el rac-rac de la cuerda del reloj o el del payaso de hojalata, las bolas golpeándose entre sí en el interior de la pecera de cristal o el dedo arrastrando el disco telefónico.

Recuerdos. Eso es lo que ha venido a mi cabeza al evocar la estética del Hospital de los Objetos Rotos, el santuario de Bing Nathan, allí donde se pierde la memoria.