No me gustaría tener que justificar lo injustificable, dar la cara hoy para explicar que lo que quería decir Sandro Rosell en vez de lo que ha dicho. Es un despropósito, un punto de inflexión después de unos cuantos meses en los que los errores venían del otro lado y desde aquí se iban contando los patinazos para después devolverlos sobre el terreno de juego.
Lo construído por Guardiola, un discurso basado en el respeto, lo ha desmontando su presidente en pocos segundos. Cierto que se trataba de un juego, de una porra benéfica, pero no hacía falta. ¿Alquien se imagina esta misma circunstancia con Laporta como presidente del Barça? Yo, ni quiero.