La derrota, la primera en una final desde la llegada de Pep Guardiola, no debe hacerle perder perspectiva al barcelonismo. El Barça siempre juega para ganar, es su apuesta histórica. Otros se escudan en el fin y los medios, en ganar a cualquier precio, y a veces aciertan en la apuesta.

El debate está servido, pero el diagnóstico definitivo lo tendremos en unos días, dependiendo de cómo se resuelva la eliminatoria de Champions.

La Champions deshará el empate. Antes, Guardiola tiene que resolver unos cuantos problemas que le ha creado Mourinho, un tipo excesivo en todo, también en la lectura táctica de los partidos.

Al Barça le está costando llegar con frescura al final de temporada por una cuestión de efectivos. Ya le pasó el año pasado. Ahora tiene menos efectivos y también menos jugadores con un registro diferente.

Por ejemplo, ha perdido a Touré y a Ibra, dos tipos que ofrecían perfiles que ahora no tiene el Barça, futbolistas contundentes en lo físico y que hubieran ayudado a capear el temporal, especialmente en el primer tiempo. Todo ello sin restar méritos al magnífico partido de Javier Mascherano, el mejor anoche en Mestalla.

En ese punto, el Barcelona debe reflexionar sobre la composición de la próxima plantilla en la que debería integrar a Cesc Fàbregas, el jugador que le garantizaría la continuidad del estilo y, además, contundencia en el centro del campo.

Cesc le daría descanso a Xavi, minutos de respiro a Iniesta y, a la vez, calidad en un equipo que necesita llegar fresco de piernas y de cabeza a la recta final de la temporada. Ahora bien la exigencia económica del Arsenal volverá a marcar la decisión del Barça, una decisión fundamental para el futuro inmediato.

Y mientras tanto, las dudas asaltarán al barcelonismo hasta que el balón vuelva a correr el próximo miércoles en el Bernabeu. Con la Liga decantada para el Barça y la Copa para el Madrid, la Champions marcará sentencia y pondrá a cada uno en su sitio. En todo caso, la esperanza de que siempre triunfe el fútbol nunca se desvanecerá.