Durante muchos años el Real Madrid fue un club grande, una entidad envidiada por sus títulos y también por su estructura. Era aquel Madrid del señorío, mirado desde la distancia con respeto por los rivales, porque era la referencia del fútbol mundial, dentro y fuera de los terrenos de juego.
Desde lo más alto, sintiéndose observado, el Madrid actuaba sabiendo que sus decisiones servían como ejemplo para el resto de equipos que siempre lo miraban de reojo.
En 1987, el Real Madrid jugaba en Múnich ante el Bayern una semifinal de la Copa de Europa. Aquel día a Juanito se le cruzaron los cables y pateó en el suelo a Lothar Matthäus, no una, sino dos veces. Se disculpó al término del partido, no le sirvió de nada.
Al día siguiente de aquel partido, estaba citado en el despacho de Ramón Mendoza para renovar su contrato. Tras aquel incidente, Juanito abandonó el club.
El caso de Pepe desmonta la supuesta grandeza del gran Real Madrid actual, lo hizo cuando el central, en un ataque de locura, le propinó patadas en el suelo a Casquero y después le dio un puñetazo a Albín. Fue sancionado con diez partidos, pero el club no dio un paso al frente para tomar una decisión sobre él.
A los niños, si no les muestras el camino para discernir entre el bien y el mal, pueden tomar siempre el atajo incorrecto y Pepe lo ha vuelto a hacer. A diferencia de con Juanito, cuyas excusas nada más haber acabado el encuentro de Múnich no le sirvieron para nada, a Pepe el club le pide una disculpa a medias y parece invitarle a no repetir más travesuras. El Madrid no es lo que era, muchos le pueden envidiar por sus títulos, pero ya no es la referencia y haría bien en mirar de reojo y hacia arriba hacia otro lado.



Los comentarios están cerrados